Libros come personas

Imagen del libro "El increíble niño comelibros" de Oliver Jeffers, Fondo de Cultura Económica

Imagen del libro “El increíble niño comelibros” de Oliver Jeffers, Fondo de Cultura Económica

Ok Shakira, te perdono. Es que yo era fan de Shakira cuando cantaba “Moscas en la casa”. Luego, cuando se pudo a cantar en inglés para hacerle competencia a Britney Spears y luego a Katy Perry, perdió el encanto para mí.   Pero hoy la perdono oficialmente.

Hace rato que quería empezar un blog en inglés, y como me he visto escribiendo un tweet al día sobre las cosas que me gustan por estar haciendo los #100daysofhappiness en twitter, pues se me ocurrió algo, y ayer inauguré el nuevo blog, Pebble pathway. Resultado: tuve cinco likes en WordPress en un día, mientras que ni en este blog, ni en Rayos de colores he tenido jamás cinco likes de otros blogueros en ningún post. Por eso te perdono Shakira, ya entendí.

Hablando de otra cosa, qué curioso es tener cuatro años: por un lado los niños pequeños pueden tener una percepción aguda de lo que está pasando a su alrededor, y por otro, viven en un mundo en que la fantasía es casi tan real como el mundo físico. Por ejemplo, estábamos el otro día cenando, y mi hija mayor (que tiene nueve años) estaba echando un cuento de algo que había hecho en el colegio (y de lo cual estaba muy orgullosa), pero mi esposo y yo lo único que hacíamos era decirle “ajá” y hacerle más preguntas, así que ella repetía el asunto una y otra vez. De repente S (mi hijo de cuatro años) se da cuenta de lo que pasa y le dice, como llenando el espacio que deberíamos haber llenado su papá o yo: “Felicitaciones R”.  Así que reaccionamos, y repetimos como loritos “verdad R, felicitaciones”. Le sonreímos mientras me  preguntaba cómo él se había dado cuenta antes que nosotros, que ella lo que quería era que la felicitáramos,  para así poder pasar a otro tema.

En otra cena, S me pregunta “Mami ¿tenemos libros come personas?” , a lo que tuve que hacerle como diez preguntas más para entender de qué estaba hablando (¿estará hablando de caníbales?) . Finalmente me dijo que “si teníamos un libro come personas como en el cuento de El Niño Comelibros“. Aliviada, le dije que no, que esos libros no existían,que  incluso en el cuento el niño soñaba con uno de esos libros, etc. Sin embargo, él no me había preguntado si “existían”, sino que si “teníamos”, por lo que sospecho que, a pesar de mi explicación, él da por sentado que sí existen, y que solo quería tener la seguridad de que no hubiera ninguno en su casa.

Hasta aquí llego por hoy, porque (citando al personaje central de este post) “tengo casi sueño”. ¡Gracias por leerme! Hasta el próximo post.

@chicadelpanda

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Acerca de estos anuncios

Milagroso presente

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Mi mamá, mi abuela, mi abuelo, y yo en la barriga.

 

Dicen que ningún venezolano puede asegurar que ninguno de sus bisabuelos hubiera tocado tambor ni lanzado flechas (es decir, que no tenga un antepasado negro o indígena) lo cual, aunque no sea siempre verdad, da una idea de cómo es de variada la fisonomía de la gente. Por otro lado, tampoco puede casi nadie asegurar que ninguno de sus bisabuelos (o algún otro antepasado) no se hubiera subido a un barco para llegar a esas tierras, o que no tenga sus orígenes en otro país.

Antes de salir de Venezuela, no me había dado cuenta que muchos de mis amigos eran hijos de inmigrantes, (o que por lo menos uno de sus padres hubiera sido  inmigrante), pues, aunque era casi automático identificar a los hijos de gringos, españoles, portugueses e italianos, de resto, yo juraba que todos eran hijos de padre y madre venezolanos (como yo). En estos últimos años viviendo afuera  me he dado cuenta que no es así, pues a cada rato oigo comentarios como, “es que me vine a vivir  a Chile porque mi mamá es chilena” (¿desde cuándo?) o “es que mi mamá es argentina” (¿sí?) o “es que mi mamá es colombiana” (¿y el acento?) o “es que mis papás son peruanos”  (¿en serio?). De repente  he sentido  que soy unas de las excepciones que no tiene pasaporte doble.

Como me dijera un muchacho aquí en Panamá, recién llegado de Miami: “it´s weird that your name is Michelle Hardy” (es raro que tu nombre sea Michelle Hardy).  Es raro que ese sea mi nombre  si estás esperando a María Alejandra López, pero en Venezuela no es tan raro.  Aunque mis padres sean venezolanos, y mis abuelos también hubieran sido venezolanos, dos de mis bisabuelos no lo eran: uno era francés (de allí el Hardy) y otra era italiana. Adrián el francés (¿sería más bien Adrien?)  se casó con una hija de franceses, Catalina, en Ciudad Bolívar,  y los otros abuelos de mi papá, Alicia y Alfredo, sí eran de Caracas, así como sus antepasados desde el siglo XVII. Por el lado de mi mamá, ella me dice que una de sus abuelas, Mercedes, era bien morena (“morena no, negra-india”, aclara mi papá) mientras que su otra abuela era blanca como un algodón (Josefina, la italiana que venía de la isla de Elba); uno de sus abuelos, Rafael, no lo conoció, y el otro se llamaba igual que su papá, Horacio. Excepto el caso de mi bisabuela blanquita de ojos azules, del lado de mi mamá todos mis bisabuelos venían de los Andes (Mérida y Tovar).

Hoy quisiera recordar y agradecer a todas esas personas que me antecedieron y que con su vida, construyeron mi presente. Si echaron para adelante a sus familias en aquellos tiempos tan duros, tienen que haber sido personas aguerridas (mi segundo apellido es Guerrero, por cierto). Puede que no sepa los nombres de mis tatarabuelos, o qué hicieron mis bisabuelos (¿por qué se mudaron tanto? Jeje). Me imagino que siguen viviendo en alguna parte del más allá, y que están viendo el legado que dejaron atrás: yo, mis hermanas, mis primos y por supuesto, mis hijos y sus hijos.

Así que soy el resultado de la vida de  tantas personas que me antecedieron: 2 padres, 4 abuelos, 8 bisabuelos, 16 tatarabuelos y sigue la cuenta. Pero no es solo eso: todas las personas que ayudaron a esos antepasados, las que les dieron trabajo, las que los curaron, las que los amaron , las que los inspiraron, las que los sacaron de los huecos que tuvieron en sus vidas.

Si alguno de mis 16 tatarabuelos hubiera muerto por tuberculosis a temprana edad, yo no existiría. Si alguno de mis abuelos no hubiera tenido el coraje de invitar  a  alguna de mis abuelas a salir, tampoco; si mi mamá y mi papá hubieran decidido abortar   (esa fue la recomendación de su médico, cuando se enteró que ella podría contagiarse de la rubeola que tenían los niñitos en el colegio donde daba clases, y que había un gran riesgo de que yo tuviera graves problemas congénitos, como sordoceguera); si mi mamá no hubiera hecho la promesa de no comer pan hasta dar a luz…

Si no hubiera decidido cambiar de mesa aquella vez en un Starbucks de Miami,   (en donde la pared de vidrio que estaba justo al lado de la mesa en donde me iba sentar, se desmoronó de repente);  si aquel abuelo Adrián no se hubiera subido a un barco para ir al Nuevo Mundo; si mis antepasados caraqueños hubieran muerto en cualquiera de las  guerras civiles del siglo XVIII; si aquella vez que me quedé dormida al volante, el carro se hubiera desviado hacia al mar, en vez de irse hacia el Ávila; si mis abuelos andinos no hubieran decidido irse a Caracas, si mi tío no hubiera estudiado con mi papá (y mi padres no se hubieran conocido); si aquella abuela Catalina hubiera tirado la toalla con esos niños que eran mi abuelo y mis tías abuelas, cuando se quedó viuda; si alguna de mis bisabuelas hubiera tenido un pretendiente   “mejor partido” que mis bisabuelos… con que uno solo de mis antepasados hubiera escogido otro camino, o con que yo hubiera dado cuatro pasos más allá en aquel café, o con que me hubiera quedado dormida un par de minutos después en aquel carro… probablemente no existiría. Y eso sin contar que no apretó el gatillo aquél muchacho que apuntó su pistola a mi cabeza, y pare usted de contar.

Mi papá solía decirnos que los que compraban la lotería no sabían matemáticas, porque la probabilidad de que te ganaras el premio mayor era una en no sé cuántos millones.  A mí ya se me olvidó cómo era eso de sacar probabilidades, pero sería fascinante tener un número, aunque sea aproximado, de la probabilidad de que yo exista como ser humano, pues seguramente es también de una en no sé cuántos millones. WOW. En serio que estar vivo, es como haberse ganado el loto.

@chicadelpanda

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Nosotras

“¿Nosotras? ¿Hay alguien más aquí?”, le preguntó Atreyu a Morla.

“Nosotras no hemos hablado con nadie desde hace miles de años,

así que empezamos a hablarnos a nosotras mismas”,

le respondió la vieja tortuga.

(La Historia Sin Fin, Michael Ende)

Hablando con nosotras mismas nos hemos encontrado últimamente. Nos hemos dado cuenta que nos gusta hablar la una con la otra (por la falta de blog), y que una tiene cosas que recordarle a la otra… ya, ya, calma que no estoy loca (creo, jeje). Hablar consigo mismo (me enteré ayer) hasta lo recomiendan en Sesame Street. Es una manera de recordar el objetivo en mente, de enfocarse, de no distraerse de la meta. “Eye on the goal” (¿O es “the ball? Anyway…)

Así que estamos diciéndonos a nosotras mismas ciertas frases durante el día, para no distraernos con la realidad… jajaja, eso suena un poco loco también, a ver, me explico. Es que a veces el día a día  puede ser árido, entonces  se nos olvida que tenemos una mente que es un océano. Así que la Chica del Panda Tattoo le dice a la mamá-lavaplatos que tiene que vivir con la expectativa de que ocurran cosas maravillosas: “vive con la expectativa de que te ocurrirán cosas increíbles”  (ha estado oyendo demasiado el Morning Uplift de The Honest Guys).

Nosotras estamos editando un libro maravilloso (ya les habíamos dicho que iban a ocurrir cosas maravillosas en nuestras vidas ¿No?) que es nada más y nada menos que lo mejor de este blog. Se llama “Siete maletas y siete ciudades, relatos de una mamá con sueño”. Nos encanta editar, pero también extrañamos escribir, así que aquí estamos. Pero  no hemos blogueado desde hace miles de años y empezamos a sospechar que se nos está olvidando cómo…

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Oídos prestados

 

 

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De repente ayer, un día como cualquier otro, me traen el café más bello de mi vida, y además, con la imagen de un oso (si esto no es una señal del destino, no sé qué es, jeje). Así que  me tocó escribir. No he estado posteando con regularidad porque estoy  editando un libro con lo mejor de este blog, y como he estado blogueando desde el 2010, me está tomando una buena tajada de tiempo; pero estoy feliz pues ya por fin se le está viendo forma.

He estado trabajando en cafés, en mi casa, en la biblioteca, e incluso en gran parte de las dos semanas de vacaciones de mamá que estuve en Caracas (fui  a visitar a mis papás, sin mis hijos). Sin embargo,  en los cafés aquí en Ciudad de Panamá, aunque he hecho todo lo posible en concentrarme en lo mío, no  he podido dejar de prestar atención a las entrevistas de trabajo, o de agentes de bienes raíces, a venezolanos que, según he podido oír sin querer-queriendo, acaban de llegar. Algunas parecen legítimas, pero en otras me provoca voltearme y decirles “¡Huye por la derecha!” Ya se verá  en qué terminará este experimento social en que tanta gente preparada llega a un país tan pequeño, en tan poco tiempo (no son solo venezolanos, por cierto, también están llegando, pero en menor cantidad, argentinos, españoles e italianos).

Volviendo a lo del libro, espero tenerlo listo pronto y que lo disfruten, para que vean, oigan y sientan con los ojos, oídos y piel, no solo míos, sino de mis hijos también, ya que los mundos de otros enriquecen los propios. Por ejemplo  anteayer S (mi hijo menor de cuatro años) me dijo, mientras ordenaba su cuarto: “mami escuché una ballena” y yo sorprendida y maravillada a la vez, pues hacía unos pocos minutos había terminado la práctica de una banda marcial colegial que tenemos cerca, la cual me estaba volviendo loca. Es decir, yo malhumorada por  el estruendo, y él escuchando  ballenas, desde el mismo apartamento y casi al mismo tiempo (él las “oyó” después de que terminara el ruido) “¿De verdad?” le pregunto, y me dice “sí, estaba ahí en el mar”, y señala hacia el Océano Pacífico, el cual se ve desde su habitación. “¿Y yo la puedo oír?” le pregunté y me dijo sin mirarme, mientras seguía ordenando sus juguetes, “sí”. Sonreí, mientras pensaba, gracias S por prestarme tus oídos para oír ballenas. Te quiero.

 

Un puntito con un rayo láser rojo

Imagínate que somos personajes de ficción  tú y yo, y que nos elevamos  como quien está viendo Google Earth, y que llegamos a estar tan alto que vemos a los carros como hormigas y a la gente como puntitos. “Vistos desde aquí, las personas  no somos más que puntitos”, me dices y te guiño el ojo. Nos elevamos más. Entonces, como si estuviéramos viendo un mapa decidiendo a dónde queremos viajar, nos damos cuenta que nuestra ciudad no es sino otro punto. “Nosotros, entonces, somos un minúsculo puntito que hay que imaginarse  dentro del puntito que sí se puede ver, que es la ciudad”, me dices y yo sonrío. Seguimos subiendo y salimos al espacio. Ahora el punto que se puede ver es la Tierra.

Seguimos subiendo y subiendo, y pasan a ser puntitos, primero el sistema solar, luego incluso la Vía Láctea. Ya a estas alturas hay que usar muchísimo la imaginación para recordar a aquellos puntitos  microscópicos que vimos al principio, es decir, a los humanos: 7 mil millones de puntos que existen dentro de otro punto minúsculo que ni se ve desde donde estamos.

Entonces llegamos al confín del universo y nos encontramos con un montón de escritores enormes, que tienen la capacidad sobrehumana de vernos y oírnos. Uno de nosotros les dice: “¡Los descubrimos! ¡Sabemos que existen! ¡De ahora en adelante hacemos lo que nos dé la gana!” y les sacamos la lengua. Algunos de los escritores, los más viejos, se ven mutuamente y se sonríen entre sí. “Ponles un rayo láser rojo a cada uno de estos dos” le dice un escritor a otro, y los dos minúsculos puntitos imaginados que somos tú y yo adquirimos cada uno un rayo láser rojo.

“¿Para qué les ponen un rayo láser?” pregunta uno de los escritores más jóvenes.  “Para saber por dónde van, qué hacen y que piensan. Como ya se dieron cuenta de lo que son, y que pueden hacer lo que quieran,  tenemos que ir reescribiendo todo alrededor de ellos.  Cada cierto tiempo alguno se da cuenta, y cada vez hacemos lo mismo”.

Y así es como un personaje de ficción toma control de su vida.

The end

Se busca foto selfie con tu bolsa reutilizable

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¡Feliz Día Internacional libre de bolsas plásticas! Cuando averigué por internet quién estaba haciendo algo al respecto, me topé con la gratísima sorpresa de encontrar a la organización venezolana Tierra Viva y a la cadena de farmacias Botiquería. Ellos han unido fuerzas para concientizarnos a todos, especialmente (con la publicación de un informe sobre lo que se está haciendo a nivel mundial),  a legisladores y demás personas con autoridad en la materia, para que en Venezuela se den más pasos para su reducción y eliminación.

Por otro lado, a partir de este blog, comenzó el año pasado un grupo llamado Chao bolsas plásticas, que tiene miembros tanto en facebook como en Google (si todavía no eres parte del mismo, ¡te esperamos!)  que tiene una foto de cover que tomé de internet, y que me gustaría modificar para hacerla más acorde al grupo. Por eso estoy solicitando una foto tuya,  junto con tu bolsa reutilizable, (¡mientras más original mejor!) para así hacer un collage con ellas.

Sé que probablemente ya has leído hoy muchas noticias terribles, que te hacen pensar ¡cómo es posible! (bueno, a mí me pasa), pero la noticia de las millones de bolsas plásticas con que estamos destruyendo el medio ambiente es un caso especial, pues puedes hacer algo ya- ya mándandome una foto con tu bolsa reutilizable, para así motivar a muchas personas más.  ¡Muchas gracias por adelantado!

 

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No existen los adultos

Maduramos el día en que nos reímos francamente de nosotros mismos.

Albert Einstein

Vivíamos en Miami cuando un amigo nos cuenta  que, tratando de hacer un salto mortal en el castillo inflable de la fiesta de unos niñitos, se había dado un mal golpe que había hecho que  terminara en la sala de emergencia. La cuestión era de risa, aunque pensé ¿Pero a quién se le ocurre? En aquel momento estaba nuestro amigo en sus plenos cuarentas y yo veía esa edad lejísimo. Así que inmediatamente hice una nota mental: no hacer pendejadas cuando cumpla cuarenta años.

Hace poco, me quedé a ver una clase de ballet de mi hija, lo cual me trajo recuerdos de cuando era chiquita, así que le dije muy orgullosa, que yo también sabía hacer las piruetas que le estaban enseñando. Ella enarcó las cejas pero no dijo nada (tan prudente ella). Al día siguiente, mientras estaba sola en la casa, me dio por intentar hacer las piruetas que había visto el día anterior, así que di una, dos, tres de ellas (¡Qué maravilla no se me había olvidado!) y  cuando  estaba en proceso de hacer una reverencia a mi público imaginario, me ha entrado un mareo tal, que sentí como si estuviera embarazada otra vez. Me tuve que aguantar de una silla, respirar hondo, y -por un acto reflejo aprendido de mis dos embarazos- fui a la cocina a tomar agua y a comer unas galletas de soda (las cuales mejoraron mi condición física y evitaron que terminara vomitando en el baño).

¿Y qué pasó con lo de no hacer pendejadas cuando llegara a los cuarentas? ¡Ah! Es que lo que yo no sabía cuando hice aquella nota mental, era que lo que uno hace no son pendejadas para uno.  Mejor dicho, sí lo son después de la conclusión del hecho, no antes, ni durante…  porque ¡¿Cómo va a ser una pendejada si toda la vida lo había podido hacer? ! En ese momento se me iluminó el panorama y comprendí a nuestro amigo, el del salto mortal en el castillo de aire.

Leí un post* que puso una amiga y coetánea en facebook, en que la autora hablaba de lo que había aprendido en sus cuarentas, y una frase hizo que me identificara:  aprendes que ” There are no grown-ups” , lo cual se puede traducir como “aprendes que no hay adultos” pero que tiene un doble sentido porque grown- up es también alguien “crecido”. Es cierto, no hay nadie totalmente crecido, que se las sepa todas.

Nunca terminamos de crecer. Sin embargo, sí maduramos un poco: empezamos a reírnos de nosotros mismos y de los demás, pues, cuando te das cuenta que metes tú misma la pata de la manera que siempre habías dicho que nunca ibas a hacerlo, te haces más compasiva con tus juicios, tanto hacia los demás, como hacia ti misma.  ¡Ahora sé que no hay grown-ups! y a veces hasta me dan ganas de guiñarme el ojo en el espejo, como para recordar que soy cómplice de esa realidad.

 

@chicadelpanda

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*What you learn in your forties, Pamela Druckerman, The New York Times http://mobile.nytimes.com/2014/03/01/opinion/sunday/what-you-learn-in-your-40s.html?smid=fb-share&_r=0&referrer